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Realidad Sublime Imprimir E-Mail
escrito por James Jankowiak   
domingo, 30 de noviembre de 2003
Hay tres realidades sublimes que alteraron toda la historia de la humanidad, haciendo a un lado las limitaciones del cuerpo terrenal y haciéndonos partícipes de la naturaleza divina. Estas son: la encarnación, muerte y resurrección del Señor Jesús. En esta época de la Navidad cuando tantas personas entran en el trajín de fiestas, convivios e intercambios de regalos sin poner mucha atención a las cosas espirituales que supuestamente forman la base de sus celebraciones, es importante que entendamos que: el nacimiento de Cristo es fundamental para nuestra fe. Es igualmente importante que entendamos que no debemos aislar ciertas grandes verdades de la Biblia a una determinada estación del año, sino llevar siempre en nuestros corazones la totalidad de la experiencia cristiana.

¿Pero qué es la encarnación? Explicándolo en palabras sencillas podemos decir que el Señor Jesucristo es una persona con dos naturalezas indisolublemente unidas. Una de sus naturalezas es la de ser el Hijo Eterno de Dios, la misma imagen de Dios, el Verbo de Dios, es decir el Verdadero Dios. La otra naturaleza es la de un ser humano en todos sus aspectos, pero sin haber jamás pecado.

La encarnación nos enseña cómo el eterno Creador está en la persona del Hijo: “Existiendo en forma de Dios, él no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse; sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y hallándose en condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”.

La virgen María concibió a Jesús por el poder del Espíritu Santo. Como las Escrituras reportan, dio a luz en Belén y le puso en un pesebre. Nació en condiciones humildes pero a la vez ángeles anunciaron su nacimiento a los pastores que vinieron a adorarlo, también llegaron a su casa magos del Este quienes le llevaron regalos costosos.

Esencialmente Jesús mostró la verdadera forma de vida humana, la cual habìa sido ocultada por la muerte y el pecado ocasionados por la desobediencia a Dios del primer hombre. El Hijo fue perfectamente obediente a su Padre, y llegó a ser el segundo Adán, marcando un nuevo comienzo para la raza humana.

Fue por no hacer la voluntad de Dios que Adán perdió su comunión con el Padre, porque es el pecado lo que separa al hombre de su Creador. Jesús, como Dios y como hombre, nunca perdió esa comunión. Hebreos 4:15 dice: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no puede compadecerse de nuestras debilidades, pues él fue tentado en todo igual que nosotros, pero sin pecado”.

La separación de Dios es literalmente la muerte, Cristo murió para demostrar que -como el Señor de la vida- tenía poder, no sólo sobre el pecado, sino sobre la muerte. El sepulcro no podía detenerlo. Como hombre hizo perfectamente la voluntad de Su Padre, mostrando así a los seres humanos que existe un camino a la reconciliación con Dios; que estando en los caminos de Dios, el hombre puede vencer el dominio del pecado; que sí hay vida eterna para aquellos que se identifican con Él, que ponen sus vidas en Sus manos, que hacen lo que Él dice.
En el siguiente pasaje podemos ver lo que establece la encarnación: “Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y por cuanto sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ‘¡Abba, Padre!’"

Ya no tenemos que tratar de complacer a Dios y ganar un espacio en Su Reino por medio de hacer un montón de “obras buenas,” penitencias, votos u obediencias a leyes terrenales o religiosas. Somos libres para seguir a Cristo, para hacer Su voluntad. Como Él nunca pecó, nos da la misma gracia, tal como está escrito en 1ª. de Corintios 10:13, “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, quien no os dejará ser tentados más de lo que podéis soportar, sino que juntamente con la tentación dará la salida, para que la podáis resistir”.

¡Que bendición que el mismo Dios se hizo hombre, experimentó nuestra debilidad, nos demostró el camino seguro al corazón del Padre, y nos dio todos los recursos necesarios para llegar a Él con éxito!

Por eso podemos decir con el Apóstol Juan: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y contemplamos su gloria, como la gloria del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad (Juan 1:12-14)”.

Cuando consideramos el nacimiento de Jesús bajo el contexto de la redención de la raza humana y del hecho que Dios está proveyendo una novia para su Hijo compuesta, de todos sus seguidores purificados, pasamos mucho más allá de tradiciones y costumbres navideñas a tocar misterios divinos. Vemos que existe otra faceta de la encarnación: Todos los que ponemos nuestras vidas completamente en Sus manos, recibimos la vida eterna por Su Espíritu Santo y nacimos como hijos de Dios. Esto es una especie de encarnación de Dios en nosotros que nos hace, como dije en el inicio, partícipes de la naturaleza divina.

Finalmente, contemplamos Su gloria la verdadera Shekinah. Dios abre los ojos de nuestro entendimiento para ver a Jesús, quien nos redimió de la muerte y nos hace sentar con Él a la diestra de Su padre. ¡Un regalo más grande que este no hay!